El trastorno de estrés postraumático (TEPT) no siempre se manifiesta como flashbacks constantes, pesadillas o miedo evidente. Para muchas personas, aparece en comportamientos cotidianos que son fáciles de malinterpretar: irritarse con rapidez, evitar ciertos lugares, tener dificultad para confiar en los demás, mantenerse constantemente ocupado, sentirse emocionalmente desconectado o necesitar saber exactamente qué ocurrirá a continuación. Los clientes suelen preguntar: «¿Por qué reacciono así cuando sé que estoy a salvo?» o «¿Por qué algo que ocurrió hace años todavía me afecta?» La terapia puede ayudar a las personas a comprender cómo las experiencias traumáticas del pasado pueden seguir influyendo en sus emociones, relaciones, pensamientos y respuestas físicas en el presente.
Un malentendido frecuente es la idea de que el TEPT debería ser obvio. A veces las personas suponen que si están trabajando, criando hijos, manteniendo relaciones y cumpliendo con sus responsabilidades, el trauma no puede estarlas afectando de manera significativa. En realidad, una persona puede funcionar muy bien en muchas áreas de su vida mientras su sistema nervioso continúa respondiendo a recordatorios de experiencias que en algún momento la hicieron sentir insegura.
No todas las personas que inician terapia reconocen el trauma como parte de lo que están viviendo. Alguien puede buscar orientación inicialmente por ansiedad, dificultad para dormir, problemas en las relaciones, irritabilidad, depresión o sensación de agobio. Durante la terapia, podemos comenzar a notar patrones que conectan algunas de esas dificultades con experiencias anteriores.
Por ejemplo, alguien que ha vivido una relación abusiva puede volverse muy sensible a los cambios en el tono de voz de otra persona. Una persona que creció en un entorno impredecible puede sentirse incómoda cuando los planes cambian de repente. Alguien que vivió un evento aterrador puede evitar un lugar específico sin comprender del todo por qué estar allí le genera una ansiedad tan intensa.
La reacción puede parecer desproporcionada respecto a lo que está ocurriendo en el presente. Sin embargo, el cuerpo y el cerebro pueden estar respondiendo a algo que aprendieron en el pasado. Comprender esta conexión puede ser una parte importante de la terapia para el trauma.
Cuando las personas escuchan «TEPT», con frecuencia imaginan a alguien que tiene flashbacks vívidos de un evento traumático. Los flashbacks ciertamente pueden ocurrir, pero el TEPT puede afectar la vida diaria de muchas otras maneras. Una persona puede volverse muy consciente de su entorno. Puede que automáticamente note las salidas al entrar a un lugar, se sienta incómoda cuando alguien se para detrás de ella, o sea incapaz de relajarse en lugares concurridos.
Otras personas pueden tener dificultades para dormir porque su cuerpo permanece alerta incluso cuando están agotadas. Algunas se asustan fácilmente con sonidos, movimientos o contacto físico inesperado. Otras notan que están constantemente preparándose para que algo malo ocurra. Este estado de alerta elevada se describe con frecuencia como hipervigilancia.
Desde afuera, alguien puede parecer controlador, ansioso, excesivamente cauteloso o fácilmente irritable. Sin embargo, internamente, su sistema nervioso puede estar trabajando muy intensamente para evitar otra experiencia de peligro.
La ira es otro síntoma del TEPT que puede malinterpretarse con facilidad. Los familiares pueden notar que alguien se ha vuelto impaciente o reacciona con intensidad ante situaciones relativamente pequeñas. La propia persona puede decir: «No entiendo por qué todo me molesta».
A veces la irritabilidad se desarrolla porque el sistema nervioso ya está funcionando con un nivel elevado de activación. Imagine comenzar cada día con su nivel de estrés emocional ya elevado. Una pequeña inconveniencia que otra persona podría tolerar fácilmente puede sentirse mucho mayor porque queda muy poco espacio emocional disponible.
Esto no significa que toda reacción de enojo deba justificarse por el trauma. Las personas siguen siendo responsables de cómo tratan a los demás. Sin embargo, comprender qué contribuye a la reacción puede ayudar a alguien a aprender formas más saludables de regular las emociones y responder de manera diferente.
La terapia puede ayudar a los clientes a reconocer qué ocurre antes de una reacción emocional, identificar los desencadenantes y desarrollar estrategias para crear más espacio entre lo que sienten y cómo responden.
La evitación es otra manera en que el trauma puede moldear silenciosamente la vida diaria de alguien. Las personas pueden evitar hablar de lo que ocurrió, pero la evitación puede extenderse mucho más allá de las conversaciones. Alguien puede evitar ciertas calles, vecindarios, canciones, olores, películas, personas o situaciones asociadas con la experiencia traumática. Con el tiempo, la evitación puede volverse tan automática que la persona ya no la reconoce como tal.
A veces las personas evitan emociones en lugar de lugares. Mantenerse constantemente ocupado, trabajar en exceso, cuidar a todos los demás o llenar cada momento disponible con actividades puede impedir que recuerdos o emociones incómodos salgan a la superficie. La evitación puede proporcionar alivio temporal, razón por la cual puede convertirse en un patrón tan arraigado. El problema es que la vida puede ir reduciéndose gradualmente.
La terapia para el trauma no implica obligar a alguien a enfrentarse de inmediato a todo lo que ha estado evitando. En cambio, el tratamiento puede ayudar a los clientes a comprender estos patrones y desarrollar gradualmente los recursos emocionales necesarios para abordar experiencias difíciles de manera segura y a un ritmo adecuado.
El TEPT no solo afecta a la persona que experimenta los síntomas. También puede influir en las relaciones con parejas, hijos, familiares, amigos y compañeros de trabajo.
Si alguien ha experimentado traición, abuso, abandono o violencia interpersonal, la cercanía emocional puede sentirse complicada. Una parte de esa persona puede desear conexión mientras otra parte permanece preparada para protegerse.
Esto puede crear patrones como alejarse durante los conflictos, necesitar reafirmación frecuente, ponerse a la defensiva o esperar ser rechazado. A veces una pareja dice: «Siento que siempre estás esperando que haga algo mal».
La persona con historia de trauma puede no creer eso conscientemente. Sus reacciones pueden seguir reflejando una expectativa aprendida de relaciones o experiencias anteriores. La terapia puede ayudar a separar las experiencias del pasado de las relaciones del presente.
Eso no significa ignorar problemas genuinos ni convencerse de que todos son dignos de confianza. Los límites saludables siguen siendo importantes. El objetivo es reconocer cuándo el pasado puede estar influyendo en la manera en que se interpreta una situación actual.
Muchos clientes describen reacciones físicas que inicialmente no conectan con su historia de trauma. El corazón puede acelerarse, los músculos tensarse, la respiración cambiar, o sentir un fuerte impulso de salir de una situación. A veces esto ocurre antes de que la persona reconozca conscientemente qué desencadenó la respuesta.
Una persona puede entender lógicamente que está a salvo mientras físicamente siente que algo está mal. Esta es una de las razones por las que decirle a alguien que «simplemente se relaje» rara vez es útil.
Las respuestas traumáticas no son simplemente decisiones que alguien toma. El sistema nervioso puede volverse muy sensible a señales asociadas con un peligro anterior.
Parte de la terapia para el trauma implica ayudar a los clientes a tomar mayor conciencia de estas respuestas y desarrollar estrategias para regularlas.
Las técnicas de anclaje, la atención plena, las estrategias de respiración y otras habilidades de afrontamiento pueden ser útiles según cada persona. Estas estrategias no consisten en fingir que el trauma no ocurrió. Pueden ayudar a una persona a reconectarse con el presente cuando su cuerpo está reaccionando a algo asociado con el pasado.
Las personas pueden ser muy duras consigo mismas respecto al trauma. Pueden pensar: «Eso ocurrió hace años». «Debería ser más fuerte». «Otros pasaron por cosas peores». «No entiendo por qué esto todavía me afecta».
La recuperación del trauma no está determinada simplemente por cuánto tiempo ha pasado. Dos personas pueden vivir eventos similares y responder de manera muy diferente. Las experiencias previas, el apoyo disponible, la edad, las relaciones, los recursos personales y lo que ocurrió después del evento traumático pueden influir en cómo alguien lo procesa.
Comparar su reacción con la experiencia de otra persona generalmente no ayuda. El tratamiento del trauma se enfoca en cambio en comprender su experiencia individual y lo que usted necesita ahora.
Uno de los efectos menos visibles del trauma es la manera en que puede influir en las creencias que alguien tiene sobre sí mismo.
Una persona puede comenzar a creer: «No estoy a salvo». «No puedo confiar en nadie». «Algo está mal en mí». «Debería haber hecho algo diferente». «Tengo que mantener el control». «Soy impotente». Estas creencias pueden influir en las decisiones mucho tiempo después de que la experiencia original haya terminado.
En la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), podemos explorar las conexiones entre pensamientos, emociones y comportamientos, y examinar si las creencias desarrolladas durante experiencias traumáticas siguen siendo precisas o útiles en la vida actual de la persona.
A veces las personas inician la terapia para el trauma preocupadas por tener que contar cada detalle de lo que ocurrió de inmediato. Otras esperan que la terapia les haga olvidar. Ninguna de estas expectativas describe con precisión un buen tratamiento del trauma.
La terapia para el trauma debe llevarse a cabo a un ritmo que considere la seguridad emocional de la persona y su capacidad para tolerar el material difícil. Antes de procesar los recuerdos traumáticos, la terapia puede implicar desarrollar habilidades de afrontamiento, comprender las respuestas emocionales, identificar recursos y fortalecer un sentido de estabilidad.
El objetivo no es borrar la historia de alguien. La experiencia ocurrió y la terapia no puede cambiar eso. Lo que puede cambiar es la relación que alguien tiene con esa experiencia.
Un recuerdo que alguna vez se sintió como si estuviera ocurriendo de nuevo en el presente puede convertirse gradualmente en algo que la persona puede reconocer como perteneciente al pasado. Las creencias negativas desarrolladas a través del trauma pueden ser examinadas. Los patrones que en su momento brindaron protección pueden reconsiderarse cuando ya no son necesarios ni útiles.
Quizás una de las cosas más importantes que hay que entender sobre el TEPT es que luchar no siempre se parece a derrumbarse.
Es posible que usted también esté cargando experiencias que continúan influyendo en cuán seguro se siente, con qué facilidad confía, cómo responde al conflicto y cómo reacciona su cuerpo ante el estrés.
Buscar terapia no requiere esperar hasta que el trauma interfiera con cada parte de su vida. A veces las personas comienzan la terapia porque reconocen un patrón que ya no quieren repetir. Otras se dan cuenta de que están cansadas de evitar ciertas situaciones o de sentirse constantemente preparadas para que algo malo ocurra.
La terapia para el trauma no consiste en decirle a alguien cómo debería sentirse respecto a lo que ocurrió. Se trata de crear un espacio terapéutico seguro para comprender la experiencia, reconocer cómo sigue afectando el presente y desarrollar formas más saludables de responder.
El TEPT puede moldear la vida diaria de maneras que otras personas no pueden ver, y a veces de maneras que la propia persona que lo experimenta aún no ha reconocido. Comprender esos patrones puede ser un primer paso importante.
Sus experiencias pasadas siempre pueden ser parte de su historia, pero con el apoyo adecuado, no tienen que determinar cada parte de cómo vive su vida hoy.
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