Muchos adultos que crecieron en hogares difíciles o inseguros me cuentan, de una forma u otra, algo muy similar: no saben realmente cómo jugar, y no están seguros de recordar haberlo hecho alguna vez. El juego no es solo algo que hacen los niños, es algo que los niños necesitan. Cuando el trauma ocupa el espacio que debería haber pertenecido al juego, esa pérdida tiende a acompañar a las personas en silencio hasta la adultez.
Razones por las que algunos adultos pueden no haber tenido acceso al juego durante la infancia
Para algunos, simplemente sobrevivir fue la prioridad. Los niños que enfrentaron negligencia, abuso, pobreza, parentificación o inestabilidad crónica a menudo tuvieron que crecer demasiado rápido, dejando poco espacio para el tipo de tiempo libre y despreocupado que el juego requiere. Otros pueden haber tenido cuidadores que no modelaron el juego, o que lo descartaban activamente como algo sin importancia o un lujo innecesario.
Por qué los adultos pueden sentirse extraños al intentar volver a jugar
Para los adultos que no pudieron jugar en la infancia, intentarlo más adelante en la vida puede resultar sorprendentemente incómodo, incluso vergonzoso. Cuando el juego no fue seguro, no fue modelado ni permitido durante la crianza, el sistema nervioso puede haber aprendido a tratarlo como algo ajeno o incluso amenazante. Tiene sentido, entonces, que volver a conectar con él en la adultez pueda despertar sentimientos de inseguridad, culpa, o la sensación silenciosa de estar haciendo algo que no se debería hacer.
Formas en que los adultos pueden jugar
Recuperar el juego en la adultez no tiene que significar recrear la infancia, sino encontrar actividades sin presión que permitan la curiosidad, la espontaneidad y el disfrute sin un objetivo o resultado específico. Esto puede verse diferente para cada persona. Para algunos puede ser arreglar algo mecánico, dibujar sin intención de que sea arte, o simplemente permitirse ser juguetón con alguien de confianza. El hilo en común no es la actividad en sí, sino el permiso que te das para participar sin pensar en productividad ni en rendimiento.
¿Pueden los adultos jugar durante las sesiones de terapia?
¡Por supuesto! Con frecuencia juego distintos juegos y actividades con mis clientes adultos. Algunas de ellas pueden incluir: jugar Uno, usar figuras en bandejas de arena, dibujar y colorear, y sostener juguetes sensoriales. Para muchos adultos, hacer algo lado a lado con otra persona, en lugar de estar sentados frente a frente hablando de cosas difíciles, puede hacer que el espacio terapéutico se sienta más seguro y con menos presión. El juego en sesión no es una distracción del trabajo terapéutico, muchas veces es el trabajo en sí. Puede abrir conversaciones, revelar cómo alguien se relaciona con los demás y, a veces, comunicar lo que las palabras aún no han podido expresar.
¿Cómo puedo pedirle a mi terapeuta que incluya el juego en las sesiones?
Si tienes curiosidad sobre incorporar el juego en tus sesiones, la forma más sencilla es decirlo directamente. Puede ser tan simple como: "Leí que el juego puede ser parte de la terapia para adultos. ¿Podríamos intentarlo?" La mayoría de los terapeutas que utilizan estos enfoques reciben con genuino agrado ese tipo de apertura. Si te sientes incómodo al pedirlo, esa incomodidad en sí misma podría valer la pena explorarla juntos. Para muchas personas que no pudieron jugar en sus primeros años de vida, pedir algo ligero puede sentirse sorprendentemente vulnerable.
Merecías jugar cuando eras niño o niña, y ahora mereces hacerlo en tu adultez.
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De información a apoyo: este recurso puede orientar una conversación, pero la mejor siguiente decisión depende de tu situación y de una consulta clínica.
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